Temo al Lobo Feroz
que sentado con
pérfida sonrisa
aguarda en la
penumbra de la sala
a la tierna
Caperucita
para volverla
roja.
Es el Lobo
que se casó con
la abuela
y que ahora
sueña
con devorar
una Caperucita
Azul.
No, no lo
busques escondido en el armario ni debajo de tu cama, él se esconde mostrando
las heridas, pequeña.
Ten cuidado,
debes estar alerta pues no tratará de engañarte a ti, engañará a tu madre y le
dirá que entiende su soledad, que sabe lo dura que es la vida (¿Y dónde está el
padre?) Y como su sexo está hambriento de caricias y como tú pesas tanto
pequeña, ella creerá.
Y entrará a
tu casa sonriendo, se tragará tu comida, cantará en tu ducha, te dirá cómo
sentarte y como levantar el dedo meñique al tomar una taza de té, dormirá en tu
cama, con tu madre y te querrá comer.
No saltará a
tu garganta para chuparte la sangre, te esperará en silencio, cuando no haya
nadie a tu lado, te propondrá coger flores para dárselas a tu madre y te
hablará del camino corto y del camino largo y de las caricias que ella,
egoísta, solo guarda para sí. (¿No quieres probar?).
Pero tú eres
más lista y sabrás que algo encubre detrás de esa hilera de dientes afilados
que fingen sonreír.
No tengas
miedo, pequeña; tu madre no es sorda ni ciega, ella te escuchará y verá lo que
él quiere mantener en penumbras, porque el sexo no domina las entrañas, y lo
arrancará de su corazón y escupirá todos sus besos y verás que ella también
tiene fauces y que sus uñas también son largas.
No te asustes cuando veas lanzar sus restos a los perros de la calle
para que acaben de devorarlo, ella sabe lo que hace.
Porque algún
día Tú dejarás de ser pequeña y tendrás la responsabilidad de una vida bajo el
brazo y entonces comprenderás que una madre puede ser la más sanguinaria de las
fieras…y que ella no le teme al lobo.