¿ESTEREOTIPOS POSITIVOS?
O LO DÍFÍCIL QUE RESULTA SER LATIONAMERICANA EN LA ERA
DE JENNIFER LOPEZ
En el curso de civilización y culturas latinoamericanas que dicto en la
Universidad Politécnica de Helsinki, me encontraba explicándoles a mis alumnos el
por qué de sus representaciones y sobre todo estereotipos sobre los
latinoamericanos cuando uno de ellos intervino ofendido: “No deberías decir que
tenemos estereotipos sobre ustedes. Mira, estamos diciendo cosas positivas: Las
latinoamericanas son muy bonitas, saben cocinar bien y bailar salsa”.
Cómo explicarle a alguien
que honestamente cree ser cortés, que no
he pasado siete años en la universidad para sentirme satisfecha siendo
identificada como una mujer bonita (se nota que no me ha visto cuando me
levanto por la mañana), que sabe bailar
salsa (pregúntenle su opinión a mi profesora de salsa, que por cierto es
finlandesa) y que cocina muy bien (dicho sea de paso, jamás cocino. A mi esposo
y a mi hija mayor les encanta hacerlo. Yo, lo detesto)
Esta clase de estereotipo
que yo llamo “de buena voluntad”, abunda. La intención de la persona que lo
dice no es herir al extranjero sino todo lo contrario, halagarlo.
Así pues, los latinoamericanos nos enfrentamos con situaciones como la
del joven estudiante de intercambio colombiano que el primer día de su llegada
al pueblo que le asignaron, fue recibido por el equipo completo de futbol
infantil, que esperaban una clase maestra. Fue muy difícil para él explicar (y
no a causa del idioma) que no sólo no sabía nada de futbol, sino que ese
deporte le interesaba un pepino. ¿Cómo? ¿Acaso no todos los latinoamericanos
saben jugar al futbol? Siento decepcionarlos, no es así.
El caso de las mujeres
latinoamericanas es particularmente especial en estos momentos, pues al parecer
están de moda. Europa se ve invadida por Jenniferes Lopez, Salmas Hayeks y Shakiras por doquier, lo que crea una representación
específica de la mujer latinoamericana que no corresponde necesariamente con la
realidad. Y es que el mayor problema del estereotipo (por más buena voluntad
que haya) es que generaliza y simplifica las cosas.
Esta simplificación se ve a todo nivel, desde la ancianita que nos pide
ingenuamente tocar nuestro pelo en el metro (¿Cómo decirle que no?) hasta la
profesora que en el colegio les “explica” a sus alumnos que la nueva estudiante
latinoamericana es muy sociable y conversadora porque “está criada con el
objetivo de conseguir un marido” y que hay que comprenderla.
Como todo estereotipo esto
nace del desconocimiento. Cada cultura tiene su propia manera de asumir su
espacio, su cuerpo, su distancia con los otros. No podemos negar que los
latinoamericanos aparentemente tememos menos el contacto físico y exponer
nuestros cuerpos. Por otro lado es
verdad que la apariencia externa es muy importante para nosotros. Sin embargo
estas características, al ser mal comprendidas e interpretadas erróneamente nos
encasillan en un rol que no deseamos. A las que somos profesionales,
evidentemente estos estereotipos nos afectan más, pues sentimos constantemente
que estamos en un campo de batalla en el cual debemos hacer mucho más esfuerzo
por demostrar nuestras capacidades y ser respetadas.
Así pues, si nos vestimos y
maquillamos, es porque estamos educadas
para atraer a los hombres, si despedimos
a nuestros hijos con un beso a la puerta de la escuela, nos convertimos en unas
madres sobre protectoras (Ni que decir de las burlas que sufrirán nuestros
hijos por parte de sus compañeros) Si acariciamos la mano de nuestro marido,
somos unas mujeres que desean sexo todo el tiempo y si le preparamos su plato
favorito, entonces estamos acostumbradas a ser dominadas.
El no corresponder con el
estereotipo tampoco nos ayuda, como lo pudo comprobar una talentosa dramaturga
Venezolana a la que le dijeron “Tú no pareces de Venezuela”, sólo porque no
tiene la talla de una miss
universo. ¿No se le ocurrió a la persona
que un comentario así puede ser hasta ofensivo? No, como tampoco se le ocurrió
a la joven que después de hablar durante dos horas conmigo, me dijo “No sabía
que en Latinoamérica también habían feministas”.
Ni qué decir de los que nos
dicen por ejemplo “mi hijo también
se ha casado con una puertorriqueña”, ¿También? ¡Pero si yo soy peruana! ¿Qué
pasaría si en Argentina, alguien le dice a un finlandés, “mi esposo también es
alemán”? Lo peor es cuando insisten que conozcamos a la puertorriqueña, por que
tenemos muchas cosas en común. En la
mayoría de los casos, nada en común tenemos con la persona en cuestión, lo que
no es comprendido “¡Pero si las dos son latinoamericanas! “, nos dicen. Sí,
pero como en cualquier parte del mundo, hay diferente tipo de personas ¿O es
que acaso todos los finlandeses son amigos entre si?
Y es este campo de batalla
debemos lidiar con comentarios, siempre bien intencionados,
como:
—Es una suerte que no necesites ir a la playa para broncearte.
—¿Eres latinoamericana y no sabes
cocinar? (Acompañado de una mirada de absoluto asombro)
—Que bueno que sepas cómo utilizar una
computadora.
—El parto debe ser algo muy fácil para ti, pues en tu país todas las
mujeres tiene muchos hijos.
—¿En tu país las mujeres también
aprenden a conducir?
Y ante ellos nos
encontramos desarmadas, sin saber si debemos dar las gracias o más bien
preguntar: ¿Exactamente, qué fue lo que quisiste decir?
¿Existen realmente los
estereotipos positivos? Yo creo que todos son negativos, pero mientras los
estereotipos racistas son fáciles de combatir, el tipo de estereotipo basado en una aparente buena voluntad son los
más peligrosos, pues no sabemos cómo reaccionar ante ellos. ¿Cómo responder
agresivamente a alguien que (aunque
ignorante) trata de ser gentil? Pienso que hay dos opciones, la primera es
desaparecer las características “diferentes”, como lo hizo la profesora de
español que sólo se pone pantalones para trabajar, desde que una colega le
dijese “qué bien te queda la minifalda, es por eso que tienes tantos alumnos”.
Yo prefiero la segunda y es atacar con humor. Así cada vez que alguien hace un
comentario sobre mi maquillaje, yo contesto “mi bisabuela pertenecía a un pueblo indígena de la selva
amazónica. Ellos desde hace siglos se
pintan la cara para ir a la guerra, así que, por favor, déjenme usar mis
pinturas de guerra”. Y es que como lo
dije, estamos en un campo de batalla.